PALABRAS DE VIDA: Que no nos engañen, sólo de Dios procede el bien y la verdadera sabiduría

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07/07/2024: XIV Domingo del tiempo ordinario.
Que no nos engañen, sólo de Dios procede el bien y la verdadera sabiduría.
Citas:
1ª lectura: Ezequiel 2,2-5.
Salmo: 122 Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia.
2ª lectura: 2ª Corintios 12,7-10.
Evangelio: Marcos 6,1-6.
Comentario: El ser humano ha creído que el pensamiento racional es lo único válido y definitivo. Ha desarrollado técnicas de observación y análisis de la realidad muy sofisticados pero ha ido perdiendo el sentido de la verdad, de lo ético y de lo trascendente. Conocemos cada vez más cosas, pero cada vez menos sobre el sentido de nuestra existencia y de cómo resolver los problemas de nuestra libertad interior para saber comportarnos, hacer lo que tenemos que hacer y alcanzar así nuestra paz y felicidad tan insatisfechas.
Antes de nada es necesario aprender a distinguir entre los falsos y los verdaderos profetas. Los falsos profetas suelen ser esos mandatarios que desde sus egoísmos, sus ansias de poder y riqueza, su falta de ética y veracidad, se erigen a sí mismos como salvadores de los pueblos a los que manipulan, utilizan, someten y oprimen para sus fines y a veces hasta destruyen, emprendiendo luchas y guerras contra otros como demostración de su poder.
Los verdaderos profetas son esas otras personas que desde su realidad y su humildad prefieren pasar desapercibidas pero que, desde el Espíritu del Dios de la vida, buscan la verdad y la trascendencia de la existencia humana enfrentándose al mal y a la opresión, sin dejarse manipular, sin venderse a ricos ni a poderosos, defendiendo la vida, la dignidad y los derechos de todas las personas sin excepción; desde el diálogo, la pluralidad, el respeto a todos, el bien y la entrega servicial; sin hablar por hablar, sino con el testimonio de su propia vida; haciendo, no lo que les gustaría, sino lo que tienen que hacer en cada momento, aunque no les guste; desde su fragilidad y debilidad pero con la fuerza de la fe y la esperanza puesta en el amor de Dios y aun a costa del sacrificio de su propia vida.
Es cierto que nadie es profeta en su tierra ya que, ante esas actitudes que consideramos más bien raras de esas personas a las que creemos conocer bien y de las que desconocemos realmente lo que cultivan en su interior, la pregunta que nos solemos hacer es: ¿Y este de que va? cerrándonos a todo lo que nos pueden transmitir de bien y de bondad por considerarlo intrascendente e innecesario.
Únicamente desde el Espíritu de Dios, desde esa sabiduría y fortaleza que nos ha otorgado desde nuestros orígenes como criaturas suyas y desde el espíritu del bien, de la justicia y de la paz, podremos actuar de igual manera que Jesús Nazareno; hijo único de Dios, para sanar y salvar a esta sociedad en comunión con él, venciendo al mal y resucitando también después de la muerte como él; pues la acción salvadora y liberadora del Dios de la vida continúa realizándose en el mundo a través de él y de sus fieles seguidores.
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