20/11/2022: XXXIV Domingo del Tiempo Ordinario.
SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO
Por Jesucristo, Dios se reconcilia con el ser humano.
Citas:
1ª lectura: 2 Samuel 5,1-3.
Salmo: 121 Vamos alegres a la casa del Señor.
2ª lectura: Colosenses 1,12-20.
Evangelio: Lucas 23,35-43.
Comentario: El acontecimiento más trágico y brutal que nos espera a todos es la muerte, una muerte absurda y oscura que nos impide ver en qué terminarán nuestros anhelos, sacrificios, aspiraciones; una muerte que los poderes de este mundo usan para sembrar el miedo y alcanzar sus intereses egoístas, aunque todo queda en vano, ya que a ellos también les llega su hora de morir. ¿Ahí se acaba todo? ¿O comienza la verdadera vida y la felicidad?
Ni para el no creyente ni para el hombre de fe hay pruebas científicas de lo que hay más allá, todos somos ignorantes ante ese misterio. Pero creer en la vida eterna no es sino la consecuencia de la confianza en el Dios revelado por Jesucristo, de todo el mensaje y la obras realizadas por Jesús Nazareno, muerto violentamente a manos de los hombres pero resucitado también para la vida eterna. Y es que la muerte no puede tener la última palabra ante la injusticia, la opresión, el oprobio, la maldad… pues Dios está empeñado en salvarnos de todo ello y lo ha demostrado encarnándose e identificándose con todas las víctimas inocentes que sufren, defendiéndolas y dotándolas de su dignidad de hijos, hasta el punto de terminar como ellas.
Así, desde la cruz, Jesús se nos presenta como testigo fiel del amor y el perdón de Dios y como defensor de los últimos hasta entregar su vida por ellos. Por encima de nuestras miserias, egoísmos, violencias, nacionalismos, separatismos, fronteras, enfrentamientos ideológicos, guerras… aparece un nuevo horizonte, una vida nueva; el Reino de Dios que trae Jesucristo, su propuesta de que todos los seres humanos seamos hermanos capaces de celebrar que todos somos hijos de Dios, desde la misericordia, la solidaridad universal, la entrega y el amor mutuos.
La salvación que nos trae Jesucristo no es sólo para un grupo de personas o un pueblo, sino para toda la humanidad entera porque él es la imagen del Dios invisible pero también humano como nosotros. Lo más profundo y misterioso de Dios se nos hace asequible por medio de Jesús Nazareno y así es el primero de entre los muertos en resucitar y volver a la vida. Nuestro acceso a Dios y a su Reino está fundamentado en Jesucristo que nos recuerda que no es un reino de poder, sino de servicio, amor y entrega total para rescatar al ser humano del mal, el pecado y la muerte.
Lo primero que nos pide Jesús es cargar con nuestra cruz y seguir sus pasos de manera responsable, sabiendo que eso nos llevará a compartir su destino: introducir justicia donde se abusa del indefenso y reclamar compasión ante la indiferencia respecto a los que sufren; lo que nos acarreará conflictos, rechazo, sufrimiento…
El camino para llegar a ese Reino de Dios es nuestro arrepentimiento y conversión, compartiendo el cuerpo y la sangre de Jesucristo que nos reconcilia con Dios en ese sacrificio de entrega, la Eucaristía, que derriba todos los muros de separación y hace posible desde el perdón y el amor la comunión vital de todas las personas.
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